Hay algo fascinante en la relación que tenemos con los paquetes.
Pagamos para que nos simplifiquen la vida.
Y acabamos organizando nuestra vida alrededor de ellos.
Es brillante.
Compras algo por internet.
Y, de repente, una caja de cartón adquiere más poder
sobre tu agenda que algunas personas de tu familia.
“Mañana llega el paquete.”
Y ya está.
Tu día queda secuestrado.
No puedes salir mucho.
No puedes despistarte.
No puedes alejarte demasiado.
Porque existe una posibilidad.
Pequeña.
Remota.
Pero real.
Que el mensajero aparezca.
Y claro.
No conviene tentar a la suerte.
Así que esperas.
Y esperas.
Y esperas un poco más.
Como un pescador.
Pero sin río.
Sin peces.
¿Te suena, no?
Y mirando el móvil cada cinco minutos.
Luego llega el mensaje.
Ese que todos conocemos.
“No ha sido posible realizar la entrega.”
Magnífico.
Porque tú tampoco has conseguido realizar tu vida.
Empate.
Por eso existrn los punto Pack.
Porque alguien tuvo una idea revolucionaria.
Y por revolucionaria quiero decir completamente obvia.
Que el paquete espere.
No la persona.
Nosotros somos un locker de InPost.
Y hacemos una cosa extraordinariamente sencilla.
Recibir paquetes.
Guardarlos.
Y esperar.
Esperar nosotros.
No tú.
Porque si una caja puede quedarse quieta
durante horas sin sufrir ningún trauma emocional…
parece razonable que sea ella quien espere.
No tú.
Tú compras.
Tú sigues con tu día.
Tú haces lo que te da la gana.
Y cuando te venga bien, pasas a recogerlo.
Sin llamadas.
Sin persecuciones.
Sin convertir una entrega en un proyecto de coordinación logística internacional.
Dicen que esto es el futuro.
No.
El futuro eran los coches voladores.
Esto es simplemente dejar de hacer el ridículo.
P.D.1: Hay gente que sigue organizando su agenda alrededor de un repartidor.
También hay gente que sigue pensando que esta vez sí llegará cuando está en casa.
Cada uno avanza a su ritmo.
P.D.2: Tu paquete no tiene planes para esta tarde. Tú sí.
Actúa en consecuencia.

